Once upon a term

Había una vez, hace poco, poco tiempo, una palabra que aterrizó, ya no recuerdo si sin querer o queriendo, en un extraño país. Era una de esas palabras agradables, amables del verbo amar, susurrables. Sus sílabas se sucedían como abrazadas, y besaban los labios de quienes la pronunciaban para acabar haciéndole el amor a las mentes que la percibían. Era… era bella, bella como solo el lenguaje sabe serlo.

Se llamaba Lissome.

Y ahí permanecía la pequeña bisílaba, en el país extraño, y se sentía sola. Muy sola, sin oraciones con las que salir a pasear y embellecer el mundo. Era la peor soledad que una palabra puede sentir: la incomprensión.

Lissome se hallaba al borde de la desesperación; miraba a su alrededor y dudaba ya de su propia existencia. “¿Qué soy si nadie me pronuncia? Más aún, ¿qué soy yo, si quien me oye no me escucha?”, se preguntaba, casi sin significado ni significación.

De repente, una mañana, o una tarde, o una noche cualquiera, no lo recuerdo, apareció él. Y fue él quien la rebautizó ante aquellos que lo necesitaban:

—  De movimientos elegantes, ligera.

Fue él quien la salvó.

Y quizá, aparentemente, ya no fuera tan bella. Quizá había perdido parte de su frescura y su brillo a fuerza de esperar a que él viniera a rescatarla de la ininteligibilidad. Pero las oraciones de ese extraño país la cogieron de la mano desde entonces, y la ayudaron a seguir besando labios y estremeciendo mentes aún con sonidos nuevos. Y todo, por fin, tuvo sentido. Gracias a él.

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