Con estas, ni el Alcoyano

Como a casi cualquier traductor, últimamente me duelen bastante las cervicales. Estaréis de acuerdo conmigo en que lo mejor que puedo hacer para aliviarme, es contratar a un lingüista que me dé un buen masaje. Que sí, hombre, que mi amigo es lingüista pero sabe mucho de eso, que es corrector para una editorial de libros de texto y alguno de fisioterapia ha visto por ahí.

Así de absurdo, y parece que no mucha gente lo ve, es que una servidora rellene una solicitud para ser voluntaria en una ONG, en su departamento de TRADUCCIÓN, y la rechacen porque, ¿cómo se atreve? ¡Si es TRADUCTORA! No, no, busca otro tipo de voluntariado, aquí buscamos licenciados en otros campos.

Que me digan que no me quieren porque prefieren a un TRADUCTOR ESPECIALIZADO en traducción técnica, biomédica o económica, no solo lo acepto sino que lo aplaudo. No por ser trabajo voluntario hay que descuidar su calidad, obviamente. Pero que me digan que prefieren a ingenieros, farmacéuticos, enfermeras o contables con CONOCIMIENTOS DE IDIOMAS… eso ya me toca la moral.

Y no estoy metiéndome aquí con el ya muy trillado tema del intrusismo laboral: muchos de los mejores traductores que conozco no tienen un título de traducción. Pero son traductores. Y son tan buenos, y están tan especializados, que no tienen ni un segundo para hacer traducciones altruistas. Me imagino yo (aunque ojalá me equivoque) qué tipo de profesionales de la lengua serán además licenciados en Ingeniería o Farmacia y tendrán tiempo de dedicar unas horas semanales a traducciones pro bono.

Había oído hablar de nuestra falta de visibilidad como profesionales, de que a menudo no se nos valora como tales. Había oído muchas veces eso de “Mi prima tiene el First, seguro que puede ser traductora”. Pero eran ecos aislados, historietas de miedo acerca de un lobo que a veces aullaba pero nunca mordía. Pero es que Halloween está ya aquí: yo me he descuidado y el animalito se ha tragado un cachito de mi autoestima profesional.

Una intenta, con toda su buena voluntad, dar su tiempo (que en el caso de los traductores freelance, como en el de cualquier autónomo, es literalmente dinero), y se encuentra con este alarde de ignorancia, desinformación y, sobre todo, muchísimo desinterés. Así luego aparecen las “contracturas lingüísticas” con las que me metía en la entrada Screwed up SpanishPues, qué queréis que os diga, yo prefiero que mi espalda la masajee un fisioterapeuta. Por si acaso.

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