Viaje al centro de la cultura

Aprovechando mi arranque nostálgico de ayer, y a fin de recuperar un poco la compostura, me gustaría hablar de un tema muy manido pero no por ello menos interesante: la importancia de las estancias en el extranjero cuando estudias traducción — y cuando eres traductor.

Dicen (y yo suscribo) que para ser un buen traductor no basta con dominar dos o más idiomas, sino que también has de entender sus culturas, y qué mejor forma que sumergirse en ellas, conjugarlas en primera persona del plural. Al pie de la letra me lo he ido tomando yo desde primero de carrera, cuando me fui a pasar el verano en un campo de trabajo en Bélgica, y luego en 4º cuando estuve 9 meses en Estados Unidos con el International Student Exchange Program (ISEP). Ese mismo verano disfruté de una beca de idiomas del MEC en Francia, y al acabar la carrera fui auxiliar de conversación en Inglaterra. Así que nadie puede decir que no esté de acuerdo con que las inmersiones lingüísticas y culturales son una parte indispensable de nuestra formación (permanente).

Sin embargo, también hay algo de utopía en todo esto, por dos razones fundamentales e interrelacionadas: 1) la geografía es caprichosa, 2) la lengua está viva.

La primera, aplicable sobre todo para los que tenemos inglés y/o francés como leguas de trabajo, es el dilema de a dónde vamos a empaparnos de la cultura… perdón, de una de las culturas de nuestra segunda lengua. No hace falta que me vaya a las Fiyi o a la Polinesia Francesa (ojalá) para ilustrar que la variedad de culturas que comparten estas dos lenguas no se pueden experimentar con un par de becas (y una sola vida).

Cuando llegué a Londres el año pasado, lo primero que pensé fue: “Pero, ¿yo no sabía hablar inglés?” Era una cuestión de acento, sí (ya he mencionado que mi pasión por el inglés la desató mi pasión por Bon Jovi), pero no solo de acento. Era la forma de actuar, de relacionarse, de comunicarse más allá de las palabras. ERA LA CULTURA. Diferente de la que yo había vivido en Estados Unidos. MUY diferente. Y repito que no me fui a las Fiyi para llevarme tal shock.

Así que aprendí, más o menos y humildemente, cómo trataría a un potencial cliente inglés si algún día lo tuviera, qué debería esperar de él y qué esperaría él de mí. Y lo mismo con Estados Unidos (bueno, perdón, con Pennsylvania, que dudo que tenga mucho que ver con Texas). Pero no creo que todos los clientes que yo vaya a tener en mi vida sean de Monroe County (PA) o de Rixensart (Bélgica); ni siquiera todos serán de Londres o París. Y, ¿qué hago, si esas son las culturas de las que he bebido? ¿Cruzo los dedos implorando que jamás me contrate un canadiense? Porque no me puedo ir a vivir a los sesenta y tantos países en los que se habla inglés y francés. Me gustaría, pero no tengo tiempo 😦

La segunda razón está más relacionada con el aprendizaje de la lengua ligado a una cultura dada. Pragmáticamente, nunca he aprendido más inglés, por ejemplo, que durante el curso que pasé en Pennsylvania. Y de hecho, ahora apenas se me escapa un solo chiste de las sitcom estadounidenses que tanto me gustan, chistes que antes no podía disfrutar si un trabajo de documentación previo. La “culpa” de esto la tenían el slang y los referentes culturales, elementos que hay que vivir, que utilizar, y no solo que estudiar sobre el papel. Me sirvió, me sirvió y mucho, muchísimo más de lo que puedo explicar en un simple artículo de blog… para el contexto actual de Estados Unidos. Pero, independientemente de que el slang de Reino Unido fuera luego muy diferente, lo más importante es que la mayor parte de cosas que aprendí de Estados Unidos tienen fecha de caducidad incluso para Estados Unidos, porque la lengua y la cultura están en constante movimiento.

Y eso no es lo peor. Lo peor es que, si un día, temerosa de que este proceso tan natural me afectara como traductora, hiciera una maleta definitiva y me instalara, qué sé yo, en San Francisco, no solo no estaría aprendiendo de la cultura de Australia, Sudáfrica, Irlanda y ni siquiera de la de Nueva York, sino que estaría dejando de empaparme de mi propia cultura, hacia la que vuelco los textos que traduzco. Me estaría desvinculando de mi propia cultura hasta el punto de que un día, tal vez, dejaría de producir textos naturales para el argot español del momento. Esa es otra: español de España, no español yucateco o lunfardo.

¿A dónde quiero ir a parar? ¡No os vayáis a ninguna parte, traductores ilusos, que de todos modos no sirve para nada!

FALSO. Todo lo contrario. En realidad, lo que trato de hacer, torpemente, es apelar a la humildad, al reconocimiento de nuestras limitaciones, y al afán por superarlas día a día a pesar de todos estos pesares.

Así que, sí, hace falta irse. Hay que irse, y volver, y volver a irse, y volver a volver. Yo estoy impaciente por coger de nuevo un avión rumbo a donde sea, y descubrir otro cachito de mundo en la profundidad que las limitaciones espacio-temporales y personales me permitan. Porque soy consciente de ello: no basta haberse ido de Erasmus. Esta carrera, amigos, no termina cuando nos dan el título. Ahí empieza. Y no acaba nunca.

¿No es una maravilla?

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5 pensamientos en “Viaje al centro de la cultura

    • Totalmente de acuerdo: de todas las ciudades, monumentos, museos, parques naturales y otras maravillas que he visitado… con lo que me quedo siempre, siempre, es con la gente que me acompañó. Como tú. (Bueno, como tú no, que como tú no hay nadie)

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  1. Esto me recuerda lo mucho que hace que no viajo, demasiado… Nunca se aprende tanto como cuando te sumerges en otra cultura, aunque luego, al volver, y a la hora de la verdad, descubres que lo que aprendiste sigue siendo demasiado poco. Por eso nunca hay que dejar de aprender. ¡Un abrazo!

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