Mens sana…

A los traductores nos encanta recordar que el hecho de ser plurilingües reduce de forma muy considerable nuestro riesgo de padecer Alzheimer en el futuro. Sin embargo, parece que nos hemos olvidado de problemas mentales que nos pueden estar sucediendo en tiempo presente, como el estrés, la ansiedad o la depresión. Por eso, la segunda parte de la charla de Gabriel Álvarez del pasado 16 de enero en la APTIC se dedicó a la psicosociología, el estudio de cómo afecta el entorno laboral a la productividad y al estado de ánimo.

Aunque pueda parecer hiperbólico, afecta todo: desde distracciones como el teléfono, los niños, el perro, la televisión, el ruido de la lavadora o el olor de la comida de la vecina, como el color de las paredes, la iluminación o la coincidencia del espacio laboral con el social (en mi caso, el salón-oficina). No tuvimos mucho tiempo para hablar sobre estos temas, ya que nos emocionamos demasiado con la ergonomía, pero algunos apuntes sí nos llevamos a casa:

  • Un color muy llamativo en las paredes puede causar desasosiego, mientras que un blanco impoluto puede resultar aséptico e incómodo. Por norma general, los colores pastel suelen ser una buena opción, pero realmente depende de la personalidad de cada uno. Yo, por ejemplo, creo que mi color es el anaranjado tenue, que inspira calma sin ser aburrido.
  • Es bueno rodearnos de objetos que nos gusten (fotos, plantas, etc.) para hacer nuestro entorno más afectivo, siempre que dicho objetos no invadan el rango de trabajo del que hablábamos en la entrada anterior.
  • El orden es importante. Aunque tengamos la típica excusa de “yo soy muy ordenada dentro de mi caos” (me incluyo), lo cierto es que una mesa llena de pilas de papeles, diccionarios, termos de café vacíos y la lista de la compra por ahí perdida, puede llegar a provocar estrés, al aumentar la sensación de mucho trabajo por hacer. Esto no se mencionó, pero yo me atrevería a incluir no solo el orden del escritorio de madera con patas, sino también del escritorio del ordenador. Millones de carpetas, archivos y accesos directos sin una clasificación lógica puede agobiar a cualquiera.
  • A veces también puede reducirse el estrés con solo variar nuestra posición en la habitación. Por ejemplo, hay personas para las que estar cara a la pared supone un factor de estrés (como cuando nos castigaban en el cole), y otras que prefieren esa opción porque implica menos distracciones. Hay que conocerse.
  • A menudo se obvia la importancia del ciclo circadiano: nuestro cuerpo está preparado (al menos en estas latitudes) para vivir en días de 24 horas en los cuales determinadas cosas suceden más o menos a la misma hora, como dormir cuando es de noche, comer a medio día, etc. Aunque con ciertas variaciones a lo largo del año, esto viene determinado por la posición relativa del Sol, por lo que si nos pasamos todo el día en una habitación con la misma intensidad de luz artificial, el organismo se siente confuso. Eso por no hablar de lo importante que es ver el sol, fuente de un subtipo de vitamina D y de alegría de vivir (sí, soy del sur, ¿qué pasa?).
  • Una característica del freelancer es su alta profesionalidad, pues se levanta cada mañana por “voluntad propia”, sin que nadie le imponga horarios ni sanciones en caso de incumplirlos. Pero esta cualidad es un arma de doble filo, pues muchas veces implica que trabajemos más horas de las que deberíamos, incluso privándonos de sueño, y eso no es nada aconsejable.
  • Aunque resulte triste o incluso inverosímil, algunas personas necesitan un tiempo de aclimatación a la vida social. En otras palabras, a veces no es suficiente tomarse un café de media hora con una amiga justo después de salir de trabajar, porque hay quien no puede desconectar tan rápidamente y, por tanto, ese tiempo de esparcimiento no está siendo bien aprovechado.
  • El ocio no puede ser únicamente leer o ver la televisión, por mucho que esas sean nuestras aficiones favoritas: los humanos necesitamos interactuación “para limpiarnos la mente”. Somos seres gregarios, traductores en pijama, hay que asumirlo. Así pues, si realmente no tenemos tiempo para una vida social saludable, tal vez sea buena idea doblar el pijama sobre la almohada y alquilar uno de esos despachos compartidos. No son tan caros como una oficina, y tienen la ventaja de que la gente a tu alrededor normalmente pertenece a otro gremio, por lo que puedes hablar tranquilamente “del partido de Messi” durante las pausas.
  • Las pausas no son obligatorias, pero sí recomendables para “reoxigenar” el cerebro. Diez minutos cada dos horas sería suficiente para mejorar la concentración y, por ende, la productividad.

El próximo día 8 de febrero, la APTIC organiza otra charla, esta vez sobre ergonomía práctica, y en TraducArte estaremos encantadas (mi espalada y yo) de informaros al respecto.

Lo dicho, compañeros: este cuerpo y esta mente nos tienen que durar toda la vida. Que nos duren en condiciones.

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