Be client, my friend.

Si hay algo que me gusta casi tanto como traducir, es el café. En la universidad en la que trabajo han abierto un Starbucks (sí, sí, dentro de la universidad, en mitad del campus, how cool is that?) y voy casi cada mañana a buscar mi dosis de cafeína.

Nada más entrar al local, puedo intuir si va a ser o no un buen café. Si me atiende el camarero que me llama por mi nombre, me siento mejor: si sabe quién soy, probablemente sepa también lo que me gusta. Además, siempre se asegura de mi pedido (“Con extra de café, ¿verdad?”) y le pone empeño al calentar la leche para maximizar esa capa de deliciosa espuma. El otro empleado no hace nada de eso, y además tarda la vida en preparar cada taza, así que, cuando tengo tiempo, incluso dejo pasar a otros clientes delante de mí para que me toque mi preferido.

Como traductores, de vez en cuando hace falta que recordemos, no sólo cuán importante es tener una tarifa digna, ser visible en la red y proveer una traducción de calidad, sino también lo imprescindible que es darle al cliente el trato que desea recibir. No importa lo larga que sea la lista de cafés, todos merecen su espumita.

Hace poco, y por primera vez en mi vida, me vi del otro lado de la barra: necesitaba una traducción jurada al inglés. Llamé a tres agencias y rellené el formulario de otras tres. Una de las agencias no respondió a ninguno de mis intentos telefónicos, y uno de mis formularios se debió de perder en la nube, porque jamás obtuve respuesta. Eran agencias de traductores invisibles de verdad. En cuanto a las otras cuatro, la historia (real y sin exageraciones) sigue así:

Traduausente.

Una amable señorita me atendió, tres días seguidos a cinco horas distintas, desde una máquina. Me decía que se encontraba fuera de la oficina. Muy cordialmente, me indicaba que dejara un mensaje con mi número de teléfono y el motivo de mi llamada, y me prometía llamarme en cuanto le fuera posible. Dos semanas han pasado desde aquel mensaje en un contestador huérfano.

Tradutardón.

Este chico, educado y simpático, me preguntó qué tipo de documento tenía que traducir, de qué lengua a qué lengua y en qué formato lo necesitaba, y con esa información me dijo por teléfono la tarifa sin rodeos innecesarios. Incluso insistió en atenderme en español, para que me sintiera más a gusto, algo equiparable a que te llamen por tu nombre en la cafetería. Hasta ahí todo bien. “Es el chico de la espuma”, pensé.

Pero entonces me preguntó que para cuándo lo necesitaba. “Para dentro de un mes”, contesté. A mí me parecía un plazo más que razonable para la traducción de un único título universitario pero, a juzgar por el largo suspiro al otro lado de la línea, Tradutardón no lo veía así. “Bueno, mándame el documento, y veré lo que puedo hacer…”

Nadie se queda sentado si el camarero le dice que ya verá si te puede traer el café esa mañana.

Traduexcusas.

Es martes. Relleno un cuestionario en la página web de una agencia.

Es viernes, dicha agencia no me ha contestado. Me meto de nuevo en la página web para comprobar si hice algo mal, y veo que tienen un servicio de atención al cliente vía chat. Le explico la situación a quienquiera que esté detrás de ese avatar, y me dice que tiene que haber algún problema, que suelen contestar en un plazo máximo de 48 horas. Se ausenta para comprobar qué tipo de problema ha habido, y vuelve a los pocos minutos para escribirme que lo siente, que no ha habido ningún problema, que mis archivos están almacenados correctamente y que no sabe por qué nadie se ha puesto en contacto conmigo. Se disculpa de mil formas y me promete llevar mis archivos personalmente al traductor, y que el lunes obtendré una respuesta. “No pasa nada”, le digo y me digo: “A todos se nos ha traspapelado algún archivo”.

Es lunes. Nadie ha contestado.

Hoy, dos semanas después, sigo esperando.

Y, finalmente, apareció un Traductor.

Instantes después de recibir mi formulario, Traductor me escribió un correo electrónico con la tarifa por el servicio que había pedido, desglosando además todo lo que ese servicio suponía para no dejar lugar a confusión, asegurándose de darme esa doble carga de café. El servicio incluía la traducción en el formato requerido, la revisión, la certificación, la autenticación ante notario, una copia digital y una copia física.

Sólo tuve que pagar mediante tarjeta de débito o crédito, y en 48 horas recibí la primera copia. ¿Cómo que la primera copia? Así es: me mandaron la traducción, ya revisada por un corrector, a fin de que la repasara yo también para cerciorarme de que todo estaba correcto antes de jurarla. Un sorbo para comprobar que la temperatura de mi desayuno es la adecuada. Tan pronto como les di el visto bueno, la mandaron al notario y, al día siguiente, tenía la copia digital. Con una gruesa capa de espumita de leche.

Todas esas facilidades de envío y pago, la exhaustividad de la información sobre las tarifas y los tiempos, y la rapidez del servicio, consiguieron fidelizarme. Es cierto que no voy a pedir una jurada cada mañana antes de ir a trabajar, pero si alguien necesita ese servicio sé a quién voy a recomendar, ya que yo quedé plenamente satisfecha tanto con la traducción como con el trato. ¡Ah! Y con el precio.

Eso es, casi se me olvida. Había una séptima agencia a la que nunca llegué a llamar, ya que el precio de sus traducciones juradas era tan bajo que me resultó insultante. Supongo que el cliente medio no se para a pensar en estas cosas, pero yo me pregunté instantáneamente cuánto cobraría de aquella miseria el traductor al que le asignaran mi documento. Así pues, ni me planteé contratar los servicios de Tradurratas, primero porque si en una cafetería te venden café a 20 céntimos, vas a cuestionar calidad real de ese café (probablemente tengan que aguarlo mucho para poder pagar el alquiler, la luz, etc., con el margen de beneficio), y, sobre todo, porque como traductora simplemente me niego a ser partícipe de una forma de explotación.

Nunca imaginé que contratar un servicio de traducción fuera tan complicado. Realmente me impactó el mal trato que recibí en cinco de las seis agencias con las que contacté o intenté contactar. Lo reconozco, me gusta el Vanilla Latte del Starbucks con doble carga de café. Pero os aseguro que si un día se marcha el chico que me llama por mi nombre y me dejan con el desganado que tarda diez minutos en preparar un con leche sin gracia… no voy a volver. Voy porque me gustan las cosas bien hechas. Todos preferimos las cosas bien hechas. Nuestros clientes también.

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8 pensamientos en “Be client, my friend.

  1. Me ha encantado cómo has planteado de forma simpática el punto de vista del cliente, sin perder de vista el del traductor. 🙂 Totalmente de acuerdo, son los detalles los que cuentan a la hora de ofrecer calidad en un servicio. Si únicamente te prometen una tarifa irrisoria, hay que huir porque es imposible que de ahí salga algo de calidad.

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  2. ¡Hola, Iris!

    ¡Enhorabuena por tu entrada! Soy seguidora de tu blog porque me gusta mucho la forma en la que escribes y la naturalidad con la que cuentas las cosas. Pero esta entrada, en especial, me ha gustado mucho; está muy de moda dar buena imagen y ser todo lo visible que puedas, estar en todos sitios; pero muy pocos hablan de lo importante que es el trato con el cliente, que, desde mi punto de vista, fuera de marcas, imagen de empresa, apariencias, etc, es lo que de verdad te diferencia del resto.

    Un abrazo,

    Asun

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  3. Totalmente de acuerdo, Iris. Es como lo que comenté hace poco en mi blog de lo que le puede enseñar un buen restaurante a un traductor: hay mucho más allá aparte de traducir o bien o mal, ya que para que eso se produzca hay que dar confianza y un buen servicio. 🙂

    Un saludo,

    Pablo

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  4. Quelle verve! Très bien expliqué, mais c’ est hélas la pure vérité et demontre le peu de conscience professionnelle partout dans le monde.

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  5. Hola Iris.
    Decir que acabo de descubrir tu blog y esta es la primera entrada tuya que leo. Me ha gustado muchísimo, la naturalidad con la que has contado la historia me ha encantado, así como la conclusión. Yo aún soy estudiante de traducción pero me gusta ir metiéndome desde ya en este mundillo, ir encontrando webs y blogs similares en la web, leer, informarme.. porque me parece muy importante movernos antes de terminar la carrera. También es cierto que abrí un blog hace muy poco y espero hacerme un pequeño hueco en el mundo 2.0
    Un saludo,
    Diana. http://elmundoidiomas.blogspot.com.es

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